
María, mi querida amiga, es muy especial cada vez que me ve. Me dice algo bello como “qué bien luces hoy”, o que “hermoso suéter tienes”, y se siente muy bien. Te cambia el día. Por el contrario, a veces nuestra lengua puede ser un veneno mortal, y es allí donde desearíamos tener una goma de borrar para borrar nuestras palabras dichas, pero no podemos; una vez dichas son eternas. Y muchas veces nos retractamos de ellas, pero es demasiado tarde. Nuestras palabras tienen un gran poder; tienen el poder de edificar, sanar, dar vida, y por otro lado tienen el poder de lastimar, herir y destruir a alguien. Nuestras palabras reflejan lo que está en nuestro corazón; es por eso que antes de lanzarlas debemos detenernos y pensar primero, a veces llegar a refrenarnos y callar. Debemos ser sensibles al otro, tratarlo con respeto y valor. La palabra de Dios nos enseña que nuestras palabras sean con gracia, sean dulces, amables, como la miel, que sean como medicina para otros. Partiendo de mí, debo dejar de usar palabras para criticar y empezar a usar palabras para alentar, animar, motivar y levantar. Hoy propongámonos usar palabras que den vida a tu familia, amigos, compañeros de trabajo, ancianos, vecinos, mujeres, niños y a todo el que te encuentres.
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